Ana Torralva

AY! [mujer flamenca]

place
Galería Adora Calvo
Calle de Epidauro, 53 - 28232 Las Rozas de Madrid, Madrid
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Ensimismada y simbólica, Ana Torralva (San Fernando, Cádiz, 1957) es portadora de una imaginación activa, visionaria, capaz de crear y trasgredir viajando más allá de las apariencias, sumiéndose –en tanto sumiéndonos– en un misterioso trayecto hacia un otro lado. Imágenes en un instante que pareció silencio, a veces con aire de contención otrora, ellas, mirando atrevidas allende la imagen. Ay, cierran los ojos algunas, sumidas en su trance, otras abandonan sus párpados a la nada. Trabajo buscando la verdad, sentencia nuestra artista con seriedad, busca la esquiva verdad.

Un corpus creativo de décadas que evoca el conocimiento de lo real, mas también una suerte de incontenida enajenación, casi un trance que permitiera a Torralva transustanciar ese viaje en un tránsito conducente al conocimiento. Pues la forma de contemplar nuestra artista el escenario del mundo es autoexigente y despojada, sin complacencias, siempre lo hizo así, estoy pensando en ciertos retratos de intelectuales a los que captó en un instante verdadero, mas también en las radicales poco conocidas series del psiquiátrico de Bétera (1978) o las dedicadas al infierno de la heroína (1979): sí, venga ahora otro “ay”, este profundo y conmovido. Torralva tienta el acceso a aquella verdad retratando historias del mundo en sus márgenes, de tal forma que ha creado, concentrada, su particular “Atlas” de lo real, mostrados ahora rostros del cante, gestos o figuras, cuerpos y fragmentos extendidos en un singular y gigantesco atlas que, a lo Warburg, antes que elevar las certezas, convierte la creación en un espacio extenso de preguntas, -un insólito lugar de rarezas, en sus palabras, un álbum de hermosa extrañeza.

Al cabo, la historia del arte ha sido un continuo relato preguntando sobre la representación, la creación de las imágenes (las apariencias), en tanto deviniendo el propio relato, su construcción, la historia del arte. Por cierto, no exactamente una narración de la claridad revelada sino, más bien, frecuentada por una especial cofradía de artistas que hicieron de la inquietud de las imágenes objeto de su quehacer (polvo y niebla, informa o mundos inciertos, temblor y deformidad, conmoción o suspensión de las imágenes, fragmento o mirada intensa), tal sucede a Torralva. En sus imágenes, en especial en la declarada intensidad de ciertas fotografías, retrata el mundo no olvidando que, como escribía el poeta de Tours, Yves Bonnefoy, retratar supone referir el tiempo ejerciendo una conciencia activa de la trascendencia.

Eleva sus retratos Torralva tentando nuevas maneras de mirar, formas otras de expresar lo representado, es la inquietud de esta artista a la que veo un deje oriental pues es el suyo un arte que, aunque expresado mediante la presencia de imágenes, no se aleja de lo concentrado y el vacío, el instante inefable o la plenitud de la mirada. “Un rostro –clama el ‘Diccionario Surrealista’– debe responder a todos los nombres del mundo”. Emergen así muchos de estos retratos de Torralva entre lo hondo, pareciere abriéndose paso desde una cierta épica de lo negro (así sucede por ejemplo en el chiaroscuro donde brota “Carmen Linares. La pureza”, 2017). A veces, como en el hermoso “Mujer con moño” (2012), plantea la artista la presencia de un duplo del retrato, imagen de frente y perfil, acercándose tal representación a la taxonomía documental, el delito o la ficha de la patología. En otras ocasiones, hace patentes los fondos empleados en los retratos, tal si mostrase su deseo de no engalanar el mundo, sino más bien lograr con este repudio de la escenografía un poco de silencio que permitiese la concentración. Sí, entre lo oscuro podrán destacar un rostro o unas manos, sucede en la secuencia de María Pagés (2007), como apareciendo desde la negrura. Elogio de lo austero, Torralva es ejerciente de un cierto antirretrato desplazándose a la negación de la revelación plena de facciones, pensemos en la invasión de sombras que puebla algunos de sus retratos (he recordado a Rosa Chacel, retratada por Torralva entre el vértigo de la noche que caía, quizás huyendo de la fatal y vana claridad solar). Aquí los tan bellos: “El mantón. Carmen Cortés”, “La Macanita. La seducción” (2003) o, ay, “La Paquera de Jerez”, casi en trance, con ojos cerrados, una de mis obras favoritas de Torralva que siempre me ha evocado aquel bello dibujo de Odilon Redon, “Les yeux clos” (1890). O, volviendo a la propia Ana Torralva, estoy recordando aquel hermoso “Santa Águeda” de los años ochenta, ojos vendados. Sí, entornan las mujeres frecuentemente los ojos en los retratos de nuestra artista, tal volviendo su gesto hacia la verdad, que es lo interior, será también lo jondo e inapresable. O, ay, será el dolor un trance. Retratos en los que, con frecuencia, sustrae los fechados, pareciendo disolver los tiempos en la paciente construcción de este atlas que jamás concluirá.

“Por el arco vacío entra un aire mental”, en la voz de García Lorca sobre el duende. Búsqueda de una suerte de concentración que explora la ascesis, tiempos de silencios, en muchas de sus imágenes parece haberse detenido la clepsidra quedando en suspensión las horas, aquel mundo de voces y quejíos. Silencio. Desde una cierta metafísica de la mirada retrata Torralva en este arte de las sugerencias con un aire de “estado mental”, ahora el verbo es de Duchamp y, antes que evidencias, su tarea es siempre expresión de una actividad solitaria, el silente oficio de crear embargada en la necesidad de la repetición o la variación, retrato inquietante y misterioso de un momento congelado, algo que, escapado, es irrepetible y, al cabo, reflexión sobre la historia del arte, la sublime catarsis o la construcción de la mirada.

Reconoce nuestra artista utilizar como esencial método de trabajo la mencionada fragmentación: esto es, la muestra de diversas imágenes que podrían tentar componer un todo de lo representado, diferentes vistas, fragmentos, facetas o gestos. Como en la mujer fraccionada, “Mujer que se arranca (Ella)” (2003) o las hermosas secuencias dedicadas al zapateao (2014) y las mencionadas manos de María Pages. El trabajo de Torralva se convierte entonces en una narración que, siendo emocional, incluye una visión templada y concentrada que le permite la construcción de relatos, viajeros frecuentemente a lo íntimo, tal sucede en retratos aquí presentes como “Encarnación Fernández. La Unión” (1996); “Cristina Hoyos” (2003) o “Marina Heredia II” (2016) con aire de alejadas del mundo, concentradas en su ser.

Pienso en la representación contemporánea del flamenco, claro, viendo estas fotografías, en mi memoria aquel kleeiano Vicente Escudero, bailarín nervioso y fino dibujante retratado por Man Ray junto a su sombra y aupado por los de “El Paso”. También en José Menese, -visitando la Cuenca abstracta o cantando a Juana Mordó-, desde La Puebla de Cazalla, el pueblo de los Moreno Galván. Cito a Manuel Viola, a los hermanos Saura o a Bonifacio Alfonso, claro, mas tengo que pensar en este punto en la esencial arpillera “Galería de la Mina” (1965), el cuadro millaresco del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca que refiere el viaje hacia la profundidad. Lo recordé leyendo las palabras de Ana Torralva sobre el cante de Las Minas: “para los mineros, habituales campesinos soleados del sureste, la traumática experiencia vital es la del pozo. Por eso se lamentan de la oscuridad como ningún otro pueblo tradicionalmente minero. Toda la vida del minero del luminoso sureste está pendiente de esa oscuridad, de esa muerte potencial que, en gran parte, se apodera de su cante”

Imágenes de nuestra artista que, desde aquella oscuridad que a veces nos devuelve a la pintura del Siglo de Oro, ejerce un testimonio y lirismo capaz de incitar a explorar en los otros el propio ser, su propio desasosiego. Como en aquel autorretrato desesperado de Courbet, se recoge el pelo Ana Torralva, miran sus ojos, aquí bien abiertos, al mundo.

Alfonso de la Torre, comisario de la exposición.